Siguiendo con el vino tinto…
Aquel fino vino que degusté, duró lo que duró. Ahora sólo queda una botella vacía y el dolor por la resaca. Podría elegir no tomar más de ese tinto… que por cierto no quedó. Podría pensar en no caer en la tentación, al menos, en la tentación de querer romper esa vacía botella…
Fue así que cerré la puerta, tome un abrigo y dispuse caminar en busca de ayuda. Hacía frío y las filosas palabras en off resonaban en mi mente, eran tantas que no podían distinguirse. Fue en ese momento en que el miedo se apoderó de la situación, me perdí en la confusión y me encontré mucho después de caminar, en un cuarto oscuro sin puertas ni ventanas, estaba sola.
Abrazada a mí y con la cabeza gacha no hacía más que llorar y esperar en un panorama desesperanzador. Se coló un grito por ahí y ni siquiera le siguió el eco de la desolación, sentí el dolor. Pasaron días sin comer ni dormir, hasta “aquel día” en que aún a falta de fuerzas empecé a golpear las paredes impensadamente y descubrí que eran débiles porque después de seguidos golpes algo comenzó a rajarse.
Nuevamente el miedo como estado a raíz de temblores y ruidos a cosas resquebrajándose, sin poder sostenerme, sin entender nada de lo que estaba pasando pero sintiendo que lo duro se convertía en blando. Cerré los ojos y en posición fetal espere a que suceda lo inevitable. Un deja vu, me encontré caminando.
Esta vez con pasos rápidos y de brazos cruzados, enojada, miraba mis cordones desatados, esperando tropezar y caer con ellos. Era tanta la porfía, que no caí en la cuenta del tiempo perdido dando vueltas de manzana, siendo que había salido en busca de ayuda, no quería romper mi botella vacía. Me senté en un canterito para acordonar, y una vecina que, deduzco, me vio pasar varias veces, se acercó a preguntarme si había perdido algo. Mi respuesta automática fue un si, seguido del silencio mirando al otro costado. Me prendí un cigarrillo y lo fumé, cuando di vuelta la señora ya no estaba, aunque todavía podía sentir el calor de su mano en mi hombro. Tomé la decisión de seguir.
Esperando a cruzar la calle, veía pasar los autos como ideas, me abstraje. Cuando volví en mí, de noche ya, noté que algo debió haber sucedido a algunas cuadras del lugar porque ninguno de los tantos avanzaba. Las luces comenzaron a encandilarme y el ruido de motores, escapes y bocinas a confundirme. Cerré los ojos, tapé mis oídos y en un desgarrador grito hallé calma.
Por primera vez sentí la paz del silencio, respiré hondo aire fresco; gotas de una reconfortante lluvia mojaban mi cara, extendí las manos para sentirlas en las palmas… luego, aroma a jazmines y a tierra mojada. Naturaleza actuando… limpiando. El tiempo se detuvo en ese perfecto segundo en el que pude sentirme parte de un todo. Abrí los ojos, pero comencé a mirar con el alma.
Volví corriendo a casa de la emoción, en el camino me sorprendió un pensamiento… alguien en otro trayecto quitando los cerrojos de habitaciones frías y sin uso, abriendo de par en par las ventanas para renovar el aire, atesorando con amor innegables e imborrables recuerdos para poder desprenderse de cosas sin uso y así desempolvar su mente. Bienaventurado aquel que emprende el recorrido haciéndose cargo de la tarea de existir en pos de ser y estar mejor.
Crucé la puerta, y en ese instante comprendí que tenía que soltar, desbloquear y aprender para rearmarme. Miré alrededor y ahí estaba, la botella vacía tal cual la había dejado. La observé, y comprendí que no me pertenecía, que no debía romperla ni conservarla.
Fue entonces que tomé lapicera y papel, y me dispuse a transcribir algo que había hecho dedicado a alguien alguna vez, para ahora darle otro destino:
“Creo en el ser que sos, que tenes la fuerza para estar bien, te creo capaz de utilizarla a tu favor aún cuando sientas que hay viento en contra. Confío en las capacidades que tenes para superar obstáculos... también conozco tu dolor, en algún punto parecido al mío, y la dificultad que pueda surgir al descubrir o aceptar hechos pasados que hacen nacer interrogantes nuevos que van a ser resueltos en el tiempo apropiado. Puede que hoy no estén las respuestas concretas al cuándo, por qué, para qué, para dónde sigo, qué hago con esto y cuál es la forma correcta de hacerlo, entre otros cuestionamientos. Como también puede que veamos un arsenal de herramientas y materiales para construir bases sólidas en un mundo designado a cambios, y aún así, hoy por hoy, no estemos encajando con armoniosa sintonía. Sea lo que fuere, en cualquiera de los casos, lo bueno y afortunado es saber que las piezas están, como así también la posibilidad de armar lo que sea necesario encajando y sin forzar.
Con esto no quiero decir nada que no conozcas que quiera y pueda transmitirte. Lo que a conciencia e insistentemente quiero, es hacerte saber que en esta situación que hoy te toca atravesar, que es nada mas y nada menos que la propia vida, por más pesadas e individuales que sean las cargas, voy a estar ahí haciendo el recorrido. Tan simple y profundo como eso, porque elijo estar, porque me das y me doy la oportunidad de hacerlo aprendiendo que así no estamos solos, reconociendo que se puede confiar, modificar, mejorar y por sobre todo sanar”.
Armé las valijas decidida a iniciar el viaje después de ese momento tan revelador. Hice un rollito con el papel y lo metí en la botella. En el puerto, antes de embarcarme, me agaché, besé el envase (que ya no estaba vacío sino con otro contenido) y lo deje libre a la corriente.
Quizá, a alguien le toque encontrar el mensaje de esa botella en alguna orilla…
Yani
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