Sin ser Julieta, aunque pretendiendo, comencé una búsqueda incansable de Romeos por un tiempo, y si bien en estas épocas el príncipe no existe y ni siquiera puede ser puritana esta princesa, improvisé una obra en la cual era princesa Julieta coleccionista de trofeos.
De historias encantadoramente encantadas, que no fueron sacadas de un cuento de hadas a las cuales defino como batallas, es que llevo estas marcas que por momentos me caracterizan. Puedo decir que es mucho lo que conseguí, pero es más lo que me desvanecí en el camino a lo que hoy llamo casa, un lugar de cuatro paredes, vacío y desolado y que solo cuenta con una repisa llena de soldados enchapados en lata, que perecieron en algunas de mis guerras, a los que lustro de vez en cuando, cuando creo que soy grande para jugar con muñecas. Cínica Julieta, una princesa que prefiere soñar pesadillas a estar de rodillas.
Pobre de esta, mi princesa Julieta, que se cree muy bien el cuento en el que nada sucede y todo parece ser un perfecto recuerdo, que atesora soldados que en realidad no murieron, sino que los mismos, simplemente se fueron en busca de otros reinos.
Pobre de Julieta, mi princesa encantada, que no vive en un cuento de hadas y que espera a que la despierten con un verdadero beso en esta vida. Qué lástima, mi princesa Julieta, que te lastimes antes de decir “te quiero”, que prefieras romper los deseos o cortarte los dedos antes de poder tocar los sueños por miedo a perderlos. Que triste sería, mi princesa Julieta, que cuando inevitablemente se descascare tu máscara hayas perdido tus alas y no puedas volar libremente en otro perfecto cielo.
Yani
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