Los brazos del reloj giran lento, el tiempo parece, en mis días, tener el peso de muchos caminantes cansados de buscar.
La historia aún no tiene final, sólo puertas abiertas que intento cerrar de vez en cuando, cuando se cierran los ojos o se apagan las ganas.
La princesa no tiene príncipe, quienes pretenden ser soberanos de reinos inexistentes no muestran sus mejores armas, sus luchas no son tales.
Así puede que comience todo, como a lo mejor comienza siempre…
En una noche de verano arribaste en mi puerto. Sin nada de milagros el universo conspiró para que te viera. Y fue así que giré mi vista en tu forma y divisé tu figura, confundiéndote entre la multitud.
Trajiste a mi el sentimiento del hastío, pocas ganas tenía de escuchar aquellas palabras tuyas de convencimiento por tus absurdas ganas de tenerme cuando, por esos tiempos, me había perdido en el camino a casa.
Intentar construir en medio de derrumbes, rescatando algunas palabras de pobre aliento en momentos de golpes bajos, era tarea innecesaria; cuando las historias tienen rumbo incierto y carecen de sentido, cuando las manos tocan la nada.
Sin rituales se encendió lentamente un fuego de débil llama que ya extinguió… Y aunque me mires a los ojos es difícil descifrar lo que pienso.
Puede que sea mucho lo que digo, pero más aún es lo que callo.
Yani 2007
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